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Hidratación y alimentación con fiebre

La fiebre es un aumento transitorio de la temperatura corporal. En condiciones normales, mantenemos una temperatura constante gracias a un centro termorregulador situado en el cerebro.  Sin embargo, cuando el organismo trata de combatir alguna enfermedad o infección, este centro aumenta la temperatura y es entonces cuando aparece la fiebre.

Se suele considerar fiebre cuando esta temperatura corporal es superior a 38 grados centígrados, mientras que entre 37 y 38 grados se considera febrícula. 

Por sí misma, la fiebre no es una enfermedad sino una señal, un signo de que nuestro organismo está combatiendo algún tipo de patología. Las más frecuentes suelen ser las infecciones, aunque también puede tratarse de otras enfermedades que pueden llegar a ser graves.

5598375 en Pixabay

El aumento de temperatura sirve como defensa, ya que perjudica la supervivencia de virus y bacterias y además ayuda a activar el sistema inmune para luchar contra ellos. Con frecuencia, suele ir acompañada de síntomas inespecíficos y otros más específicos propios de la causa que la origina. Los síntomas inespecíficos más frecuentes son dolor de cabeza, escalofríos, sudoración, dolor muscular y pérdida de apetito. La sudoración provoca un aumento de la pérdida de agua y de electrolitos, que dan lugar a mayor sensación de sed.

Para evitar la deshidratación, que puede ser una complicación importante, hay que tomar suficientes líquidos. El agua es un buen aliado y es mejor tomarla poco a poco a lo largo de todo el día. También son muy adecuados los zumos y jugos de frutas frescas, que aportan además de líquido, vitaminas, minerales y otros compuestos beneficiosos que ayudarán a mantener un buen sistema inmune. 

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Aunque el apetito esté algo disminuido y siempre que la enfermedad de base lo permita, hay que seguir comiendo para proporcionar la energía suficiente, ya que la fiebre produce un aumento del metabolismo basal y por tanto una mayor exigencia de energía. 

Conviene elegir alimentos que sean fáciles de digerir y de asimilar: frescos, de temporada y que  resulten apetecibles. Hay que descartar los que contienen alto contenido en grasa, una gran cantidad de sal, azúcar o estén muy condimentados. Es preferible elegir alimentos de elaboración casera frente a los alimentos precocinados o elaborados industriales, ricos en grasas, azúcar y sal. 

Son alimentos y preparaciones recomendables: los purés, en los que se puede incluir gran cantidad de verduras; las sopas y caldos de diferentes ingredientes (pollo, hortalizas, pescado); las compotas de frutas y pudding; huevos (en este caso, mejor cocidos); pescados no grasos, para facilitar la digestión; los yogures, natillas y flanes caseros… Todos ellos, nos pueden ayudar a mantener una buena alimentación muy necesaria en esta situación. Recordar que conviene que la dieta sea variada, para evitar dietas monótonas y prevenir carencias nutricionales.

Jenvit

Cuando tenemos fiebre el descanso es importante. Las personas muy activas deben limitar la actividad, sin llegar en cualquier caso al reposo absoluto.

Blanca Martínez de Morentin, Centro de Investigación en Nutrición de la Universidad de Navarra.

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